En la comodidad del sofá [Las gotas que quisieron apagar al Sol]

-Maldito el gobierno y todos sus funcionarios, no sirven para nada de veras – decía la mujer mientras veía en las noticias en su televisión. Subieron el precio de la gasolina una vez más, y esa alza en los precios era interminable en otros artículos de primera necesidad, tales como la comida que incluía las frutas, las verduras, la carne y el kilo de tortilla. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un alarido que provenía de la calle transitada. Al asomarse por la ventana se percató que el perro había sido atropellado por un carro. Sintió molestia y hasta un poco de empatía y lástima, pero desde allí ella alcanzaba a vislumbrar que al parecer el vehículo no lo arrolló, probablemente solo lo golpeó con fuerza, porque el can pudo ponerse en pie, y cojeando, regresaba a la puerta de la casa. Le abrió y le limpió la sangre que tenía, y aunque el animal seguía con su pata herida sin llorar, así decidió que no era una emergencia que requiriera la intervención de un veterinario. Lo acostó en su cama para que reposara y se recuperara pronto.

No transcurrieron ni cinco minutos del incidente cuando alguien tocaba a la puerta de su casa insistentemente. Atendió el llamado y un ciudadano desconocido le pregunta que, si era suyo un perro de talla mediana, blanco con manchas cafés, a lo que responde afirmativamente. Le comentó que al ir manejando vio al canino correr por en medio de la calle, y sin querer, le golpeó. A través del retrovisor se dio cuenta que el animal entró a ese domicilio, y quería asegurar su bienestar.

  • Si – responde la mujer, queriendo cortar la plática rápidamente.
  • Pero no es solo eso – le comenta la otra persona
  • ¿Qué más se le ofrece entonces? – le dice en un tono exasperado.
  • Al momento del choque, el coche se abolló un poco y tiene algunos rayones
  • del lado derecho –
  • ¿Y eso a mí qué me importa?
  • Su perro es quien lo provocó, por andar suelto sin correa y sin usted-
  • Vieja argüendera, yo no le voy a pagar nada – teniendo la última palabra le azotó la puerta en la cara.

Quien estaba en la entrada, un poco sorprendida por semejante sandez y escena bizarra y tristemente propia del folclor del país, no se quiso quedar con los brazos cruzados y con la palma de su mano y con fuerza comenzó a golpear la puerta. Al no recibir respuesta de la mujer, empezó a patear. No tenía réplica, así que desistió y prefirió irse para pagar por su cuenta el daño del vehículo. La mujer, dentro de su casa se burlaba del otro y feliz por su victoria, reposó su cuerpo en el sofá.

Después de unas horas, era la hora de la cena y el perro yacía tendido en su cama, con los ojos cerrados, tranquilo, descansando como nunca lo hizo. Falleció antes del anochecer, sin que nadie lo notara. No se sabe si sufrió, no hubo un observador que detallara lo sucedido en la tarde. Arribaron a casa el hombre, y el hijo. Ambos trabajaban fuera todo el día. Les dio detalle de lo que ocurrió, alegando que una vieja loca le “echó el carro” encima a su mascota, y que lo dejó tirado en la calle, fue a recogerlo y tratar de reanimarlo, pero no pudo. Los hombres, conmocionados por la terrible experiencia que le tocó vivir a la pobre, decidieron poner al perro en una caja y llenarla con cemento y cal, para darle el descanso eterno al can, ser responsables y evitar los malos olores que podía llegar a expeler el cadáver en la
noche.
Y así fue. El mejor amigo del hombre, dentro de una caja de cartón gruesa, ya descansaba en paz, lejos de las negligencias humanas, tal vez era lo mejor que pudo haberle pasado, tal vez no. Lo cierto es que ya estaba en el descanso eterno, aunque no haya sido una santa sepultura, porque al can se lo llevó el carretón de la basura a la mañana siguiente. La caja la aventaron al vehículo y el cadáver del perro entre residuos orgánicos e inorgánicos y lixiviados, fue desecho.

Pasado un mes aproximadamente, a esa misma familia, le regalaron un cachorrito de pug, y lo aceptaron porque en el pug vieron el recuerdo de cómo habían conocido a Manchas, el perro atropellado. Ya tenían ganas de tener otra mascota en casa, y mejor si era un perro de raza. Manchas dejó un vacío que solo podía ser llenado por otro miembro canino… de raza.

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