La gota que quiso apagar al Sol [Las gotas que quisieron apagar al Sol]

Rashida no les teme a los monzones de la época estival. En pleno mes de junio, mes donde hay mayor precipitación en la ciudad que vio nacer a Rashida, a ella le gustaba mojarse en la lluvia, y con unos pocillos de plástico un poco gastados también recolectaba el agua de lluvia para diferentes actividades en casa. Sus papás no siempre estaban en el hogar porque ellos trabajaban todo el tiempo en el
vertedero de desechos electrónicos para encontrar materiales que puedan vender por unos centavos. Se encarga de dar de comer a sus hermanos, de lavar la ropa con el agua que recolecta y de ser una adolescente que disfruta de la naturaleza que la rodea. Esa naturaleza, se reduce a decir que es solo las precipitaciones que caían en la urbe, el aire que respira y uno que otro árbol plantado en alguna vereda.

En la casa de Rashida disponían de agua entubada y luz eléctrica. Pero no por eso le hacía gracia desperdiciar el recurso a raudales. Siempre fue una niña considerada. Era parte de su naturaleza pensar en los demás, como si formaran un equipo. En tiempos de escasez económica, era equitativa. El alimento no lo repartía por partes iguales entre sus hermanos. A ellos les daba mayor cantidad por el hecho de ser jóvenes, porque es bien sabido que en la niñez es cuando más se requieren diversos comestibles para crecer sanos y fuertes.

Ocasionalmente trabajaba junto con sus padres en el vertedero sintiendo el cansancio de la jornada y, aunado a eso, la larga caminata del trabajo a su morada, la dejaban exhausta; allí, era cuando se servía mayores porciones de alimento, sabía que lo requería, nunca fue egoísta en sus actos.

La vida de Rashida iba de la vivienda, a la escuela, a veces a sus jornadas de faena, y de nuevo a la casa. La zona de trabajo de los papás de Rashida se encuentra en Agbogbloshie y a ella le da un poco de asco saber que la laguna que está junto al vertedero de residuos esté en demasía contaminada. Esos pensamientos se le ocurren mientras pela cables para rescatar el cobre y poder venderlo.


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Un compañero de sus padres, murió hace un par de años, se cree que fue por la exposición prolongada a sustancias como el cadmio o el azufre. Le causaron daño renal y falleció a causa de eso. No se saben los detalles, pero sí encontraron una correlación con el trabajo en el vertedero.Para Rashida era una tarea imposible convencer a sus progenitores de claudicar en la recolección de residuos electrónicos, y ella veía injusto que no lo dejaran de realizar a pesar de conocer las posibles consecuencias. No obstante, imperaba la necesidad de mantener a una familia, y aunque intentaban buscar otras oportunidades para abandonar el trabajo entre los desechos de países desarrollados, la realidad era que o no las había para ellos a falta de estudios, o trabajos cuya remuneración no era suficiente para sostener las necesidades básicas de la familia. Está de más explicar que los padres de Rashida y los trabajadores no tenían derechos laborales ni prestaciones de ningún tipo. Si enfermaban, todos los gastos y responsabilidades recaían en el trabajador.

Parecía que no existía otra opción viable para subsistir, y en la determinación de la joven, se encontraba su pasión por el estudio, porque buscaba un futuro diferente para sí misma y sus seres queridos. Los casos de envenenamiento, fallas renales, daños al pulmón, etcétera, eran un cuento de nunca acabar en los escombros de Agbogbloshie. Como películas de terror traídas a la vida real, con la tristeza de que esas fuertes escenas eran aptas para todo el público. No era de extrañar descubrir a niños que también sufrían el mismo destino de los adultos y terminaban intoxicados por cadmio, con consecuencias fatales para la salud y vidas.

Aunque Rashida iba a alguna jornada laboral, sabía que era como querer quitar el oro de una mina de guerra. ¿Era tanta la avaricia del hombre que ponía en riesgo la vida humana, que era lo más sagrado y bajo lo que están todas las leyes mundiales, por unos miligramos de cobre? Tal vez en otros lugares que no pertenecían a la realidad de Rashida y su gente, era de esa forma, parecía un desprecio intolerable a todo ser vivo y su hábitat. Para ella y su pueblo, la existencia del humano y su bienestar era un bien incalculable. Conocía sin duda que era humana por sus características físicas y mentales. No siempre se sentía de esa manera debido a que los derechos parecían no ser aplicables por igual, sin importar tu origen, religión, sexo y demás. No se hacían valer para sus padres, ni a los padres de sus amigos, ni a desconocidos que la rodeaban. Incluso llegaba a culpar a todos por sus acciones, -es posible la existencia de una razón por la cual se deben merecer éste cruel destino- manifestaba para sus adentros. Su sensatez le exponía que no era de dividir en un debate filosófico lo bueno o lo malo, finalmente, nadie sabe definir ni cuándo empieza el bien o el mal. Lo notable aquí era ejecutar una o varias actuaciones con lo que disponía para no sufrir el mismo hado. Rashida y sus hermanos tenían acceso a la educación y mejores condiciones para vivir en comparación con su padre y madre cuando eran de su edad. Al menos su familia, pobremente había alimento en su plato cada día, en ocasiones leche rebajada con agua y un puño de cereal, y otras veces solo vegetales pasados de tiempo; mientras que, para sus progenitores, el comer una vez al día era lujo. Tal vez allí podría poseer su oportunidad. Estudiando y participando activamente por la mejora de la sociedad en la que vivía.


Después de meditarlo y de pasar por su garganta un trago de amarga saliva, se daba cuenta que idealmente todos deberían tener un trabajo de oficina, ser profesionistas, no era en este momento de su vida, el instante de retirar a los trabajadores del vertedero, porque era el único sustento que tenían para obtener una ganancia que llevara un plato de sopa a sus hogares. No por eso debería quedarse de brazos cruzados.

Comenzó a incentivar el uso de cubrebocas, guantes o cualquier artilugio que se tuviera en casa para minimizar los efectos de los elementos en el cuerpo humano. Se iba a Accra, la capital, para recolectar en una caja de cartón, retazos de tela y otros insumos que le ayudaran a crear, muy a lo Montessori, diferentes accesorios para donárselas a los trabajadores de Agbogbloshie, que no siempre tenían acceso a la protección que merecían.

Ellos aceptaban gustosos y se sentían venturosos que alguien como Rashida les diera visibilidad ante la adversidad. Estaban muy agradecidos.

Aunque las personas que sufrían los efectos secundarios por estar en contacto con los metales pesados disminuyeron un poco, seguían haciendo merma entre los trabajadores de Agbogbloshie. Individuos que repentinamente se desmayaban era un suceso recurrente a pesar del esfuerzo de Rashida de dotarles con algo de resguardo a sus cuerpos. Si bien, los cubrebocas, guantes y lentes eran caseros y no cumplían con ciertas normas rigurosas de protección, pensó que iba a frenar por completo la situación en Agbogbloshie. No fue así. Las lágrimas de Rashida no dejaban de brotar a borbotones por sus ojos cafés, parecía que nada de lo que hiciera podía cambiar su realidad. Aun llorando y derrotada, seguía yendo tres veces a la semana a Accra para continuar con la recolección de retazos. Prefirió concentrarse más en el hecho, de que si bien, no frenó por completo el problema, si había logrado que menos personas tuvieran efectos adversos graves. Media semana recolectaba y pedía donaciones, y los días restantes se dedicaba a coser a mano, y otro día de la semana repartía entre los trabajadores sus creaciones. El ayudar a los demás la hacía sentir feliz y plena. A pesar de su juventud, enseñó a muchos cómo contemplar una oportunidad ante la adversidad.

Rashida seguía recolectando el agua de lluvia mientras pudiera, ya que no siempre la precipitación era copiosa. Después de meditar bajo la ligera llovizna veraniega, había madurado un poco con el proceso de emprendimiento y humanitario que se d ispuso a realizar. Entendió que ella era la gota que quería apagar el sol. Conocía bien el hecho de que recolectar el agua de lluvia era una gota que quería apagar el sol. Hacer costura para ayudar a otros a protegerse era una gota que quería apagar el sol. Separar la basura que se producía en su casa era una gota que quería apagar el sol. Por más que hiciera y deseara, jamás apagaría el sol. Y allí comprendió dos cosas: la primera, que una gota de agua no es lo mismo que una gota de benceno, y la segunda era que si un escenario tiene por lo menos una posible solución ¿de qué o de quién dependía el resolver lo que ocurría en su realidad para cambiarla?

Todo indicaba que no era suficiente con que ella hiciera el trabajo, o los trabajadores. Eran involucrados que sin querer o no, no tenían mínima consciencia de lo que acontecía fuera de sus privilegios y excesivo consumismo. Si el basurero infinito no estaba situado en sus hogares, no importaba que sea el del prójimo.

A pesar de esto, Rashida era optimista con su actuar y poseía valentía y optimismo ante las adversidades.