[Reseña][Libro] El alfabeto del racismo mexicano

Nuevamente, aunque pongo reseña, en realidad escribo las enseñanzas y reflexiones que me dejan los libros que leo.

El alfabeto del racismo mexicano es un libro escrito por el doctor Federico Navarrete Linares.

A través de la cotidianeidad, los mexicanos disfrazamos el racismo y el clasismo con satira, burlas, y solemos herir a los más allegados: familia y amigos; y si se “agûitan” es que no aguantan la carreta.

En lo personal me llamaron la atención dos temas que se discuten mucho pero que ninguno queremos admitir: sobre el color de la belleza, el paternalismo que sentimos hacia los indígenas.

“El aparheid de nuestra publicidad demuestra hasta qué punto la beauty/belleza se ha racializado en nuestro país y se asocia con todo lo que es imported/importado, y por ello, debe ser better/mejor, a menos que resulte chino, desde luego (ver sinofobia). Y tal como las modelos que no tuvieron la fortuna de nacer blonde/rubias deben recurrir al peroxido y a la ingeniería corporal para aproximarse al ideal de belleza único (ver televisiónb), los consumidores acudimos corriendo a los almacenes a comprar los productos que nos volverán más cosmopolitan/glamourosos…”

Ese fragmento sobre la belleza y de la presión que sentimos para cumplir un cánon que no corresponde a un estándar, justo porque los mexicanos venimos en todos los tamaños, formas y colores. Como el clásico: ¡Ni pareces mexicano!, ¿Cómo debe ser físicamente un mexicano? Al final de todo, el “cómo debe lucir un mexicano” sigue siendo un estereotipo más.

FOTOGRAFÍA: Hola mx FUENTE: https://www.hola.com/us-es/celebrities/20211125314210/eugenio-siller-actor-quien-mato-a-sara-entrevista/

Otro de los muchos puntos que toca El alfabeto del racismo mexicano, es sobre los movimientos indígenas que se sublevan por alguna causa y que muchos piensan que son manejados por el gobierno o alguna otra entidad, pareciendo que los indígenas no pudieran pensar por si mismos, rebelarse contra el sistema o luchar por sus derechos; y al mismo tiempo, parecen más malandros o delincuentes por el mismo racismo; siendo ellos el grupo más expuesto al racismo mexicano.

Tenemos que trabajar todos muy duramente para erradicar esas frases, palabras, que aunque pareciera que estamos jugando o echando carreta, tienen profundas raíces que pueden llegar a lastimar a nuestros allegados.

Hábitos Atómicos – Reseña-Enseñanza Libro

Regresaron las reseñas de los libros. O más bien enseñanzas. Y aunque sé que hay miles de reseñas en la Internet sobre el mismo libro, con mejor estructura y mucho más ricas, considero que es un ejercicio para recordar cuáles son las mayores enseñanzas que nos ha dejado la lectura de algún título en específico. Ya que los libros, aunque tengan un contenido objetivo, no siempre se queda el mismo contenido en uno o en otro. Y quiero recordarme en malos y buenos momentos, qué fue lo que aprendí de mis lecturas.

Uno de los libros que leí en el 2021 y al que le puse sus 5 estrellas en GOODREADS fue “Hábitos atómicos” de James Clear

Hábitos atómicos - James Clear | Planeta de Libros
Hábitos Atómicos – James Clear – 260 págs

Este libro es útil para aquéllas personas que quieren formarse hábitos, y que encuentran difícil alguna sencilla receta para lograr sus metas. El libro se titula Hábitos Atómicos, porque el verdadero cambio no comienza con hacer una hora diaria de ejercicio hasta que lo abandonas, sino por comenzar con algo que parezca insignificante hasta que sea parte de tí, de tu rutina y de la persona en la que te quieres convertir. Y no solo es hacer el hábito, sino que éste sea perdurable.

Menciona el libro una metodologia que va de hacer las cosas fáciles, hacer las cosas difíciles, y hasta de diseñar un ambiente para que sea cómodo lo que quieras hacer.

Algo que pongo en práctica de ese libro, que lo puedo dejar como la mayor enseñanza que me dejó es: Antes de hacer determinada acción, de comer determinada cosa, es preguntarme antes: ¿Hacer esto/comer esto, me va a convertir en la persona que quiero ser?… Haciendo conciencia, te das cuenta de que, generalmente, la respuesta es no y lo dejas.

Lo he puesto en práctica sobre todo con las compras del supermercado, porque quiero eliminar por completo el uso de aceite de palma en mi dieta, y también dejar de consumir alimentos que no son buenos para mi salud. Cuando tomo las cosas, me llega la pregunta a la mente: ¿COMPRAR/COMER ESTO, ME CONVERTIRÁ EN LA PERSONA QUE QUIERO SER?.. y simplemente lo dejo.

Este libro también explica los factores genéticos y hace una comparación de un maratonista olímpico con un nadador olímpico. Hay cosas que simplemente parecen no ser para nosotros, pero no por eso quiere decir que fallamos, sino que hay que situarnos en el lugar correcto, para ser plenos.

Otra cosa que me llegó, fue el como reforzamos nuestra identidad, y ponen el ejemplo de un fumador que está dejando el cigarro. Cuando alguien le ofrece un cigarro, esta persona responde – no gracias, es que estoy dejando de fumar – , lo que hace que se perciba como un fumador aún. En cambio, cuando tenemos una autopercepción y decimos -no fumo-, es justo cuando no forma parte de nuestra identidad. Esto sé que suena un poco de “La actitud lo es todo”, “Con la actitud mueves montañas”, cuando eso es una positividad tóxica. Más bien, yo he tomado la enseñanza sobre como nos percibimos cada uno de nosotros, y que finalmente el lenguaje si es determinante para este paso. Mi novio dirá en sus palabras, es “creerte la mentira”. Los refuerzos (positivos y negativos), si tienen evidencia de dejar huella en la psique humana.

Para una persona que ya tiene hábitos fuertes, puede que el libro no sea de mucha ayuda, pero si ayuda a reforzar lo ya adquirido. Si tienes plena conciencia de quién eres, qué buscas y todos esos porqués, puede que el libro no sea para tí, pero aún así es recomendable.

Eso si…. en cuanto a hábitos….nada le gana a mi técnica de los quince minutos… algún día escribiré sobre ella, pero no ahora ;).

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FIL 2021 – Perú

En la FIL de este año, asistí a una conferencia con Jane Goodall a la distancia. Creo que fue la primera vez que lloré en una conferencia, porque el mensaje que dió fue motivamente y de mucha esperanza. Ya casi no estamos en contacto con la naturaleza y preferimos estar pegados a una pantalla, apartándonos de ella y haciéndonos indiferentes. La foto con su monito de la infancia.
Una foto del pabellón de Perú, me llamó la atención la visión que tienen las escritoras peruanas.

Algo curioso que ocurrió este año, es que iba caminando por los pasillos de la FIL y me detuvo un escritor a presentarme su libro, pero no traía dinero. El confió en que le haría la transferencia posteriormente y me lo dio. Tengo que leer su libro antes de darle propaganda, ya que contiene temas de física, y me gustaría revisar que (aunque sea ciencia ficción), no utilize la física cuántica como la pseudociencia la está utilizando.

¿Cómo nos irá en la FIL del 2022?

La gota que quiso apagar al Sol [Las gotas que quisieron apagar al Sol]

Rashida no les teme a los monzones de la época estival. En pleno mes de junio, mes donde hay mayor precipitación en la ciudad que vio nacer a Rashida, a ella le gustaba mojarse en la lluvia, y con unos pocillos de plástico un poco gastados también recolectaba el agua de lluvia para diferentes actividades en casa. Sus papás no siempre estaban en el hogar porque ellos trabajaban todo el tiempo en el
vertedero de desechos electrónicos para encontrar materiales que puedan vender por unos centavos. Se encarga de dar de comer a sus hermanos, de lavar la ropa con el agua que recolecta y de ser una adolescente que disfruta de la naturaleza que la rodea. Esa naturaleza, se reduce a decir que es solo las precipitaciones que caían en la urbe, el aire que respira y uno que otro árbol plantado en alguna vereda.

En la casa de Rashida disponían de agua entubada y luz eléctrica. Pero no por eso le hacía gracia desperdiciar el recurso a raudales. Siempre fue una niña considerada. Era parte de su naturaleza pensar en los demás, como si formaran un equipo. En tiempos de escasez económica, era equitativa. El alimento no lo repartía por partes iguales entre sus hermanos. A ellos les daba mayor cantidad por el hecho de ser jóvenes, porque es bien sabido que en la niñez es cuando más se requieren diversos comestibles para crecer sanos y fuertes.

Ocasionalmente trabajaba junto con sus padres en el vertedero sintiendo el cansancio de la jornada y, aunado a eso, la larga caminata del trabajo a su morada, la dejaban exhausta; allí, era cuando se servía mayores porciones de alimento, sabía que lo requería, nunca fue egoísta en sus actos.

La vida de Rashida iba de la vivienda, a la escuela, a veces a sus jornadas de faena, y de nuevo a la casa. La zona de trabajo de los papás de Rashida se encuentra en Agbogbloshie y a ella le da un poco de asco saber que la laguna que está junto al vertedero de residuos esté en demasía contaminada. Esos pensamientos se le ocurren mientras pela cables para rescatar el cobre y poder venderlo.


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Un compañero de sus padres, murió hace un par de años, se cree que fue por la exposición prolongada a sustancias como el cadmio o el azufre. Le causaron daño renal y falleció a causa de eso. No se saben los detalles, pero sí encontraron una correlación con el trabajo en el vertedero.Para Rashida era una tarea imposible convencer a sus progenitores de claudicar en la recolección de residuos electrónicos, y ella veía injusto que no lo dejaran de realizar a pesar de conocer las posibles consecuencias. No obstante, imperaba la necesidad de mantener a una familia, y aunque intentaban buscar otras oportunidades para abandonar el trabajo entre los desechos de países desarrollados, la realidad era que o no las había para ellos a falta de estudios, o trabajos cuya remuneración no era suficiente para sostener las necesidades básicas de la familia. Está de más explicar que los padres de Rashida y los trabajadores no tenían derechos laborales ni prestaciones de ningún tipo. Si enfermaban, todos los gastos y responsabilidades recaían en el trabajador.

Parecía que no existía otra opción viable para subsistir, y en la determinación de la joven, se encontraba su pasión por el estudio, porque buscaba un futuro diferente para sí misma y sus seres queridos. Los casos de envenenamiento, fallas renales, daños al pulmón, etcétera, eran un cuento de nunca acabar en los escombros de Agbogbloshie. Como películas de terror traídas a la vida real, con la tristeza de que esas fuertes escenas eran aptas para todo el público. No era de extrañar descubrir a niños que también sufrían el mismo destino de los adultos y terminaban intoxicados por cadmio, con consecuencias fatales para la salud y vidas.

Aunque Rashida iba a alguna jornada laboral, sabía que era como querer quitar el oro de una mina de guerra. ¿Era tanta la avaricia del hombre que ponía en riesgo la vida humana, que era lo más sagrado y bajo lo que están todas las leyes mundiales, por unos miligramos de cobre? Tal vez en otros lugares que no pertenecían a la realidad de Rashida y su gente, era de esa forma, parecía un desprecio intolerable a todo ser vivo y su hábitat. Para ella y su pueblo, la existencia del humano y su bienestar era un bien incalculable. Conocía sin duda que era humana por sus características físicas y mentales. No siempre se sentía de esa manera debido a que los derechos parecían no ser aplicables por igual, sin importar tu origen, religión, sexo y demás. No se hacían valer para sus padres, ni a los padres de sus amigos, ni a desconocidos que la rodeaban. Incluso llegaba a culpar a todos por sus acciones, -es posible la existencia de una razón por la cual se deben merecer éste cruel destino- manifestaba para sus adentros. Su sensatez le exponía que no era de dividir en un debate filosófico lo bueno o lo malo, finalmente, nadie sabe definir ni cuándo empieza el bien o el mal. Lo notable aquí era ejecutar una o varias actuaciones con lo que disponía para no sufrir el mismo hado. Rashida y sus hermanos tenían acceso a la educación y mejores condiciones para vivir en comparación con su padre y madre cuando eran de su edad. Al menos su familia, pobremente había alimento en su plato cada día, en ocasiones leche rebajada con agua y un puño de cereal, y otras veces solo vegetales pasados de tiempo; mientras que, para sus progenitores, el comer una vez al día era lujo. Tal vez allí podría poseer su oportunidad. Estudiando y participando activamente por la mejora de la sociedad en la que vivía.


Después de meditarlo y de pasar por su garganta un trago de amarga saliva, se daba cuenta que idealmente todos deberían tener un trabajo de oficina, ser profesionistas, no era en este momento de su vida, el instante de retirar a los trabajadores del vertedero, porque era el único sustento que tenían para obtener una ganancia que llevara un plato de sopa a sus hogares. No por eso debería quedarse de brazos cruzados.

Comenzó a incentivar el uso de cubrebocas, guantes o cualquier artilugio que se tuviera en casa para minimizar los efectos de los elementos en el cuerpo humano. Se iba a Accra, la capital, para recolectar en una caja de cartón, retazos de tela y otros insumos que le ayudaran a crear, muy a lo Montessori, diferentes accesorios para donárselas a los trabajadores de Agbogbloshie, que no siempre tenían acceso a la protección que merecían.

Ellos aceptaban gustosos y se sentían venturosos que alguien como Rashida les diera visibilidad ante la adversidad. Estaban muy agradecidos.

Aunque las personas que sufrían los efectos secundarios por estar en contacto con los metales pesados disminuyeron un poco, seguían haciendo merma entre los trabajadores de Agbogbloshie. Individuos que repentinamente se desmayaban era un suceso recurrente a pesar del esfuerzo de Rashida de dotarles con algo de resguardo a sus cuerpos. Si bien, los cubrebocas, guantes y lentes eran caseros y no cumplían con ciertas normas rigurosas de protección, pensó que iba a frenar por completo la situación en Agbogbloshie. No fue así. Las lágrimas de Rashida no dejaban de brotar a borbotones por sus ojos cafés, parecía que nada de lo que hiciera podía cambiar su realidad. Aun llorando y derrotada, seguía yendo tres veces a la semana a Accra para continuar con la recolección de retazos. Prefirió concentrarse más en el hecho, de que si bien, no frenó por completo el problema, si había logrado que menos personas tuvieran efectos adversos graves. Media semana recolectaba y pedía donaciones, y los días restantes se dedicaba a coser a mano, y otro día de la semana repartía entre los trabajadores sus creaciones. El ayudar a los demás la hacía sentir feliz y plena. A pesar de su juventud, enseñó a muchos cómo contemplar una oportunidad ante la adversidad.

Rashida seguía recolectando el agua de lluvia mientras pudiera, ya que no siempre la precipitación era copiosa. Después de meditar bajo la ligera llovizna veraniega, había madurado un poco con el proceso de emprendimiento y humanitario que se d ispuso a realizar. Entendió que ella era la gota que quería apagar el sol. Conocía bien el hecho de que recolectar el agua de lluvia era una gota que quería apagar el sol. Hacer costura para ayudar a otros a protegerse era una gota que quería apagar el sol. Separar la basura que se producía en su casa era una gota que quería apagar el sol. Por más que hiciera y deseara, jamás apagaría el sol. Y allí comprendió dos cosas: la primera, que una gota de agua no es lo mismo que una gota de benceno, y la segunda era que si un escenario tiene por lo menos una posible solución ¿de qué o de quién dependía el resolver lo que ocurría en su realidad para cambiarla?

Todo indicaba que no era suficiente con que ella hiciera el trabajo, o los trabajadores. Eran involucrados que sin querer o no, no tenían mínima consciencia de lo que acontecía fuera de sus privilegios y excesivo consumismo. Si el basurero infinito no estaba situado en sus hogares, no importaba que sea el del prójimo.

A pesar de esto, Rashida era optimista con su actuar y poseía valentía y optimismo ante las adversidades.

El dueño del monte [Las gotas que quisieron apagar al Sol]

Minicuento dedicado a la memoria de todos aquellos que dieron su vida defendiendo a la naturaleza

“La naturaleza es un manto multicolor que nos protege del hambre, del frío, del calor y de las adversidades de ella misma” Escribía Aksanján en una hoja de papel, mientras recibía un ataque a mansalva. Cinco tiros certeros en la cabeza, nunca pudo saber quién o quienes apuntaron con una pistola directo al cráneo, la única realidad es que iban por él. La sangre ya no dejaba distinguir las letras escritas en tinta negra. Irónicamente Aksanján no era ni dueño del monte, ni de sus habitantes y no pretendió serlo jamás, porque él amaba la libertad, la tierra que lo vio nacer, el río que traía fertilidad a las tierras. Pero la tierra fértil, el agua y la libertad misma, en ese lugar tenían un amo. Ni las batallas, ni las llamadas de auxilio, hicieron posible que ese paraje tuviera un nombre. No podemos nombrar a un territorio y a las causas que no existen a los ojos y a los oídos de quien está leyendo esto.

Asimismo la historia de Aksanján termina justo como empezó. A pesar de las crónicas, testigos y vestigios, no sabemos quién fue Aksanján, qué hizo, ni cómo murió defendiendo lo que más quería.

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En la comodidad del sofá [Las gotas que quisieron apagar al Sol]

-Maldito el gobierno y todos sus funcionarios, no sirven para nada de veras – decía la mujer mientras veía en las noticias en su televisión. Subieron el precio de la gasolina una vez más, y esa alza en los precios era interminable en otros artículos de primera necesidad, tales como la comida que incluía las frutas, las verduras, la carne y el kilo de tortilla. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un alarido que provenía de la calle transitada. Al asomarse por la ventana se percató que el perro había sido atropellado por un carro. Sintió molestia y hasta un poco de empatía y lástima, pero desde allí ella alcanzaba a vislumbrar que al parecer el vehículo no lo arrolló, probablemente solo lo golpeó con fuerza, porque el can pudo ponerse en pie, y cojeando, regresaba a la puerta de la casa. Le abrió y le limpió la sangre que tenía, y aunque el animal seguía con su pata herida sin llorar, así decidió que no era una emergencia que requiriera la intervención de un veterinario. Lo acostó en su cama para que reposara y se recuperara pronto.

No transcurrieron ni cinco minutos del incidente cuando alguien tocaba a la puerta de su casa insistentemente. Atendió el llamado y un ciudadano desconocido le pregunta que, si era suyo un perro de talla mediana, blanco con manchas cafés, a lo que responde afirmativamente. Le comentó que al ir manejando vio al canino correr por en medio de la calle, y sin querer, le golpeó. A través del retrovisor se dio cuenta que el animal entró a ese domicilio, y quería asegurar su bienestar.

  • Si – responde la mujer, queriendo cortar la plática rápidamente.
  • Pero no es solo eso – le comenta la otra persona
  • ¿Qué más se le ofrece entonces? – le dice en un tono exasperado.
  • Al momento del choque, el coche se abolló un poco y tiene algunos rayones
  • del lado derecho –
  • ¿Y eso a mí qué me importa?
  • Su perro es quien lo provocó, por andar suelto sin correa y sin usted-
  • Vieja argüendera, yo no le voy a pagar nada – teniendo la última palabra le azotó la puerta en la cara.

Quien estaba en la entrada, un poco sorprendida por semejante sandez y escena bizarra y tristemente propia del folclor del país, no se quiso quedar con los brazos cruzados y con la palma de su mano y con fuerza comenzó a golpear la puerta. Al no recibir respuesta de la mujer, empezó a patear. No tenía réplica, así que desistió y prefirió irse para pagar por su cuenta el daño del vehículo. La mujer, dentro de su casa se burlaba del otro y feliz por su victoria, reposó su cuerpo en el sofá.

Después de unas horas, era la hora de la cena y el perro yacía tendido en su cama, con los ojos cerrados, tranquilo, descansando como nunca lo hizo. Falleció antes del anochecer, sin que nadie lo notara. No se sabe si sufrió, no hubo un observador que detallara lo sucedido en la tarde. Arribaron a casa el hombre, y el hijo. Ambos trabajaban fuera todo el día. Les dio detalle de lo que ocurrió, alegando que una vieja loca le “echó el carro” encima a su mascota, y que lo dejó tirado en la calle, fue a recogerlo y tratar de reanimarlo, pero no pudo. Los hombres, conmocionados por la terrible experiencia que le tocó vivir a la pobre, decidieron poner al perro en una caja y llenarla con cemento y cal, para darle el descanso eterno al can, ser responsables y evitar los malos olores que podía llegar a expeler el cadáver en la
noche.
Y así fue. El mejor amigo del hombre, dentro de una caja de cartón gruesa, ya descansaba en paz, lejos de las negligencias humanas, tal vez era lo mejor que pudo haberle pasado, tal vez no. Lo cierto es que ya estaba en el descanso eterno, aunque no haya sido una santa sepultura, porque al can se lo llevó el carretón de la basura a la mañana siguiente. La caja la aventaron al vehículo y el cadáver del perro entre residuos orgánicos e inorgánicos y lixiviados, fue desecho.

Pasado un mes aproximadamente, a esa misma familia, le regalaron un cachorrito de pug, y lo aceptaron porque en el pug vieron el recuerdo de cómo habían conocido a Manchas, el perro atropellado. Ya tenían ganas de tener otra mascota en casa, y mejor si era un perro de raza. Manchas dejó un vacío que solo podía ser llenado por otro miembro canino… de raza.

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Solo cinco minutos [Las gotas que quisieron apagar al Sol]

Pipo está corriendo cual atleta olímpico por todo el parque, porque él necesita sentirse libre y experimentar la libertad como nosotros los humanos, además todos amamos a los perros por igual, parece no molestarle a nadie su presencia – explicó Roberto a su amiga, con quien caminaba en el parque, mientras Pipo comía un hueso que encontró tirado.

El juicio [Las gotas que quisieron apagar al Sol]

¡Hola! Este cuento que he escrito, viene muy ah doc a las fechas que estamos viviendo. Si hay algo que tenemos los mexicanos es la herencia de la cosmovisión de nuestros antepasados. La inspiración para éste cuento fue Pipo. El papá de Pipo (Pietro) es cruza de xoloitzcuintle, así que Pipo en consecuencia tiene algo de xolo en su sangre. Espero les guste EL JUICIO

Muchos pensarán que el castigo divino llega demasiado tarde para quienes atentaron contra la naturaleza mientras vivían, que ya no tiene caso esperar a ser castigado si no sabemos lo que viene después de la muerte, que no nos consta que existe un Dios, sin embargo; la cosmovisión de nuestros antepasados nos reconforta cuando pensamos que los afectados serán aquéllos que emitirán el juicio
final imparcial hacia los agresores. Puede ser un mensaje bastante agresivo, pero la cosmovisión misma, es un reflejo de la profunda admiración y gratitud de los antecesores a la naturaleza. Eran agradecidos con el sol, con la lluvia, con la vida y con la muerte, porque comprendían que todo era parte de un ciclo. Tarde o temprano, creyentes o no, monoteístas o politeístas, se paga lo que se hace.
Si eres religioso eres consciente que se te juzgará divinamente el día del óbito y si mueres con pecados cometidos, no estarás feliz en el lecho del final de tus días. Si no eres creyente, tienes plena consciencia de que el juicio comienza en vida. Independientemente de las creencias, el juicio llegará en el momento justo. Bienvenidos al inframundo. El creado por Xipetótec, Quetzalcóatl, Tezcatlipoca y Huitzilopochtli, he llegado a donde pertenezco.

Imagen de alchile.com.mx

Ya no veré a mi dueño humano, me lleno de eterna felicidad de haber encontrado a alguien bueno que me diera de comer, me sacara a pasear, jugara conmigo, me educara para que nuestra convivencia fuera óptima. No por nada a nosotros los perros nos llaman “los mejores amigos del hombre”.

A diferencia de otros perros, los xoloitzcuintles tenemos un mandato divino que cumplir, uno que comienza desde la cosmovisión de nuestros antepasados. Mi duración en el Tlaltípac terminó, no porque yo quisiera, solo el tiempo se adelantó para mí por la excesiva curiosidad que me dominó al comer un hueso de pollo que me encontré en el parque mientras paseaba con mi dueño. Yo tenía una alergia a los componentes del pollo, no recuerdo bien el nombre exacto que la veterinaria dijo en ese entonces, pero no podía consumir nada que pudiese contener proteínas presentes en esos animales y derivados. Cuando mi dueño se dio cuenta de que había comido el hueso fue demasiado tarde. Aunque sufrí un tanto del lapso en que comí el huesito hasta el momento de llegar al Mictlán, me da gusto saber que hice
lo que pude, con todo y mis limitantes para hacer feliz a un individuo que me demostró su cariño con creces.
Ahora son otros tiempos en el Mictlán. Los sucesos se mueven de manera fluida, no hay instrucciones de a dónde tengo que ir, o lo que debo realizar, desde mi cabeza salen las respuestas que busco.

Mi lugar de hoy hasta la eternidad se encuentra en el primer infierno, donde mora mi señor Xólotl. Veo a lo lejos el río, nunca he estado allí, y a pesar de eso, sé todo sobre él. Me acerco y veo a otros xoloitzcuintles como yo en las orillas y dentro del cuerpo de agua. En el Apanohuacalhuia (el río) se veía a la gente que quería cruzar esa frontera entre los vivos y los muertos, unos logrando descender al segundo infierno para garantizar su eterno descanso, otros quedándose vagando cuales sombras por siempre perpetuando sus mayores temores. Sin ser escuchados y siendo una sombra sin identidad que deambula en ese primer pasaje.

Todos los rostros que pasan no me son conocidos. En el mundo de los vivos, hay humanos que dañan su entorno sin remordimientos, contaminan el aire, el agua, provocan el calentamiento global que tiene desastrosas consecuencias, el exceso de desechos. Mientras vivía creo que nunca me tocó vivir todos esos escenarios, aunque tengo la certeza de su existencia, y sé que fui testigo lejano de cómo la mano humana desprecia a los mejores amigos del hombre. Eso era en el mundo de los vivos; en el mundo de los muertos es diferente, en este lugar, sí tenemos voz y voto, y todo ese daño que nos hicieron será pagado con todas las consecuencias plausibles que la ley divina permita. No me gusta la venganza, pero esto no lo llamo así, solo que finalmente se ponen en una balanza las acciones buenas y malas, y
ganarán las que mayor peso tengan.

Allí veo pasar a alguien que se me hace conocido. No sé de donde, pero estoy convencido de que lo he visto con anterioridad. Esa cara algo juvenil y aspecto tranquilo pareciera que no esconde nada. Otro xoloitzcuintle analiza si ese ser es digno de atravesar el río, y parece ser que él no maltrató en vida a ningún perro, así que le está ayudando a atravesar el río, el joven no tiene pecados graves en contra
de la naturaleza que tenga que pagar.

Mictlan, imagen de matadornetwork.com

El tiempo aquí no transcurre como en el mundo de los vivos. No se puede medir con relojes, a veces corre más rápido, o con más lentitud, es difícil de explicar. Ya pasó un año completo mientras narro todo esto, no sé a qué se debe, es probable que todas las almas que vienen del mundo de los vivos han sido buenas, y han podido atravesar el Apanohuacalhuia, y cuando un alma que hizo daño a un perro entra y el xoloitzcuintle advierte que no es un ser bueno, un segundo transcurre tan lento,como si fuera un año. En realidad, es solo una suposición el cómo pasa el tiempo en el Mictlán, no me atrevería a aseverar que fuera de esa forma, pero parece una coincidencia dados los hechos.
No hay xoloitzcuintles que reciban más almas, es mi turno de participar. Es una mujer que ha fallecido por enfermedad. Para saber si el alma pasa o no por el río para posteriormente ir al segundo infierno, el Tápeme Monamictlán, el deber de nosotros los xoloitzcuintles es determinar si le hicieron o no daño a los perros mientras estaban en el mundo de los vivos. Con solo ver a la persona, aparecen escenas como en un cine en nuestra cabeza, podemos observar detalles generales de su vida, y como fue el trato que dieron a los perros. Por ejemplo, con ésta mujer, puedo ver proyectado directamente en mi mente que tuvo muchos perros a lo largo de su vida, uno tras otro, y veo que los alimentaba y les tenía su cama dentro de la casa; y también fue negligente.

Tuvo unas maravillosas vacaciones en la playa y dejó a varios de los perros durante una semana completa en la cochera de su casa. Vislumbro a los perros sin suficiente agua, sin suficiente alimento porque, a diferencia de los humanos, nosotros no tenemos la noción ni el concepto de racionalizar el alimento porque pensamos que los humanos llegarán de nueva cuenta conforme a nuestra rutina. Pero no siempre sucede así. Esas vacaciones no solo fueron una vez en la vida de sus perros, parecieron repetirse año con año. Así que, año con año, se quedaban sin comer casi una semana completa. Y no solo eso. Algunas tardes dejaba a sus perros en la azotea, justo cuando el sol se encontraba en el cénit en primavera, sin agua suficiente. Está presentándose la historia de un perro llamado Manchas. Manchas falleció también por la negligencia de la mujer. Paseaba sin correa en la calle, cuando un carro lo impactó y la mujer se negó a darle la atención profesional que Manchas merecía en ese momento, y más triste aún, el destino del cadáver de Manchas, no fue el más solemne. Deshecho entre la podredumbre de la basura que los mismos humanos hacen, fue su final. Es el momento de decidir. Por una parte, parece que todo el daño provocado proviene de la ignorancia, y no siempre se hicieron las acciones con dolo o “con ganas” de hacer el mal, sin embargo, se ignoró por completo, en cada momento, las necesidades que tenían los perros. Aunque en el mundo de los vivos, no tenemos el mismo nivel de raciocinio que el de los humanos, seguimos siendo seres vivos que no solo deben satisfacer sus necesidades básicas fisiológicas, también necesitamos de convivencia con los de nuestra manada y mucha atención, porque no somos objetos inertes. El mundo está hecho de buenas intenciones, pero no de mucha pericia e intuición por parte de los humanos, y esto se paga aquí.

Las acciones que la mujer hizo hacia los perros es suficiente para condenarla a vagar en este infierno, sin que tenga derecho al descanso eterno. Me quito de enfrente, y lentamente la mujer se va perdiendo la luz de su rostro, hasta ser la sombra de lo que fue. Olvidó su nombre, quien era, y de dónde viene. Olvidó los recuerdos de su esposo, de su hijo, y solo quedó el recuerdo de sus perros, recuerdos con los que vivirá el resto de la eternidad.

De nueva cuenta no sé si han pasado días o años, pero las almas van y vienen de un lado a otro, unas quedándose y otras moviéndose hacia los otros infiernos. El juicio para aquéllos que hicieron el mal, nunca termina.

Lo que callan los veterinarios – Parte II – [Las gotas que quisieron apagar al Sol]

Afortunadamente no todas las personas eran así y sí existían esos pelos de rana
calva que se tomaban en serio el cuidado de sus mascotas, y otros que viven en el
mundo de las buenas intenciones pero que se dan cuenta a tiempo de las conductas
dañinas hacia los animales.
Uno de sus pacientes, Pipo, que tiene una alergia alimentaria, su dueño es una
persona joven pero que también tenía ideas arraigadas del antaño, tales como que
si tienen espacio en casa ya no debe pasear a su perro, no alarmarse ante urgencias,
no bañar seguido a las mascotas, pasearlos sin correa y dejar que hagan lo que
quieran en los espacios públicos. Era de esos que, sí levantaba las heces porque
dejarlas al aire libre acarreaba problemas de salud pública a los humanos, pero que
no veía mal en dejar a Pipo correr, y si alguien le hacía mala cara, era por
amargados. Sin embargo, al igual que él, eran personas que, si les argumentas la
razón de su equívoco, entendían y hacían posible el mejor cuidado de los
“chaparritos”.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la llegada de otra paciente a la
veterinaria.

  • ¿En qué le puedo ayudar? Pregunta el veterinario.
    -Mi perrita está vomitando desde hace cuatro días, la noto decaída, no hace del
    baño y no come.
    Al escuchar el veterinario que desde hacía cuatro días la perrita estaba mal ya era
    algo de escuchar todos los días, pero aun así se atrevió a preguntar sobre qué la
    había hecho tomar la decisión de visitarlo.

-Bueno, es que yo no la veía bien, pero es que los veterinarios son bien careros.
Otro clásico escenario. Llega alguien exigiendo: Quiero que cure a mi perra, que lo
haga bien, pero no pagaré mucho porque usted eligió estudiar para salvar a los
animalitos que no tienen la culpa de nada.
Interrogó a la dueña acerca de cómo es un día en la vida diaria de Chipote (supo su
nombre preguntándole a la dueña, ya que Chipote no portaba placa de
identificación), qué comía, a dónde iba, y sobre sus manías. Ella respondió que
comía croquetas, le dijo la marca y la cantidad que le proporcionaba día a día, que
al parecer no era anormal. Lo que más llamó la atención del veterinario es que la
dueña dejaba salir al parque a Chipote sola, porque ya sabía el camino para
regresar a casa, y del parque solía traer huesitos para mordisquear en casa. La
sintomatología y esta información fueron suficientes para saber lo que pasaba.
Después de examinar a “Chipote” y del interrogatorio, muy informativo, por cierto,
dictaminó que tenía una obstrucción intestinal causada por la ingesta de huesos.
Dado el diagnóstico, hizo el protocolo de siempre: diagnóstico, explicación,
medicamentos, cuidados, precauciones y preguntar si había dudas. Puesto que
Chipote ya presentaba varios de los síntomas días atrás y empeorando día con día,
lo más probable es que necesitara estudios y dependiendo de los resultados,
podrían desembocar en una cirugía. El presupuesto a la dueña le pareció elevado
y exagerado para lo que traía Chipote, así que solo pidió un medicamento para que
se pudiera recuperar.

Después de algunos minutos de pelear, la señora pagó la consulta y se llevó a
Chipote. La única idea esperanzadora para el veterinario era que los dueños
preferían pedir una segunda opinión y ser tratados en otra clínica, aunque no fuera
en la suya, al menos los animales domésticos tenían la oportunidad de ser tratados
por otro especialista. Aunque sus corazonadas le advertían que no siempre era así,
y que, a sangre fría, muchos de los dueños preferían que sus mascotas llegaran
hasta la muerte sin paliativos.
Así con cada consulta, la vida le enseñó al veterinario a mantener una actitud estoica
ante estos escenarios bizarros. A veces se preguntaba si valía la pena el estudio, la
explicación y el esfuerzo. Y la respuesta era la misma. Sí valía la pena, solamente
por los pocos entre los muchos locos.
El veterinario sabía que estaba inmerso en un bucle; esperando que Lenteja no
sufriera el destino de los pitbulls, y esperando que otro camarada diagnosticara a
Chipote, pero en el fondo de su corazón y su mente, sabía que no era así.

Abono orgánico [Las gotas que quisieron apagar al Sol]

Este “huesito” de manzana y el “huesito” de la pierna de pollo va a ayudar a abonar
el arbolito, son naturales, allí déjalos hija – expresó la mujer a la menor, mientras
esta última dejaba los desperdicios al pie del árbol, mientras la grasa del hueso
escurría sobre la tierra seca.

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